Octavio vive un segundo
adelantado.
Esa realidad se le revela en el jardín a los cinco años con un simple juego:
antes de que el oponente la golpee
quita la mano.
Es invencible.
Si se cae y estalla un vaso de vidrio
a él no le molesta asustarse
antes que al resto,
o, si en la calle, su madre se demora en poner en movimiento el auto cuando
la luz ya esta en verde
desde hace un segundo.
Octavio trata de vivir con normalidad en ese laberinto imposible y mínimo que lo aleja y lo encierra.
Pero aquel juego en el jardín le enseña que puede sacar beneficio de ese pequeño milagro. En la primaria empieza a apostar. Ya en la secundaria,
juega con los ojos vendados. Hasta que nadie quiere perder dinero con él.
Entonces, Octavio prueba con el boxeo
y, tal como había imaginado, es muy simple esquivar
los golpes que él ve
antes de que sucedan. Acaso por distracción o por empatía hacia algún
contrincante, a veces se deja golpear.
Podría haber ganado muchos títulos. Podría haber sido campeón del mundo. Pero se baja del ring, aburrido y desalentado, para siempre.
Prueba con la velocidad de los autos, con los juegos de azar y hasta con el fútbol. Nada lo conmueve.
Dicen que sus últimos días los pasa en su cama, prendiendo y apagando la luz, y que solo sonríe cuando está dormido. Quizás en los sueños no vive
el vértigo de ese segundo cruel y la
soledad.
Un día lo encontraron muerto y sonriente y todos nos preguntamos si
Octavio vio el rostro de la muerte
un segundo antes de desaparecer
para siempre.