Una de las premisas fundamentales de la modernidad es lo que desde los estudios sociales se ha llamado “excepcionalismo humano”. Esto significa considerar al hombre como una especie capaz de sustraerse de la cadena causal del medio ambiente y de instaurar un orden distinto al hábitat natural para crear así su propio ambiente. Esta tendencia se forjó en el contexto de transición de una sociedad agrícola-rural a una industrial y urbana, y encumbró la idea del dominio de la naturaleza por lo humano.
En Latinoamérica, la conformación del espacio urbano se desarrolló sobre un principio civilizatorio: habitar la ciudad se presentaba como la posibilidad de alcanzar mejores condiciones de vida. Implicaba el acceso a bienes y servicios provistos tanto por el Estado como por el mercado, una mayor protección y proximidad a fuentes de trabajo como la industria y el comercio. De esta manera, el espacio urbano es un espacio social que se constituye a partir de un hábitat natural y que, producido por una lógica capitalista, homogeniza y fragmenta a la vez el entorno para convertirlo en mercancía. El suelo urbano queda sometido en un régimen de racionalismo basado en la propiedad privada y pasa a ser un instrumento de reproducción de las relaciones de producción del capital; el costo de la tierra, las altas rentas y las hipotecas contribuyen a reforzar la desigualdad social. Se evidencia una división social del espacio, en la que la distribución territorial de la población se regula a través de los precios, generando microterritorios con diferentes características dentro de un mismo espacio urbano. La sociedad produce, crea el espacio, y éste colabora en reproducir una determinada estructura social.
La expansión del suelo urbano se produjo sobre la idea del hombre como dominador de la naturaleza y de la tierra como mercancía. El hecho de que no se hayan considerado cuestiones contaminantes, eventualidades propias de la naturaleza y cómo estas pueden afectar negativamente en la sociedad, explica la exposición a riesgos de desastres ambientales o a una crisis sanitaria a la que están sometidas las poblaciones en la actualidad.
Entorno rural, suelo urbano y su relación con las inundaciones en la ciudad de Pergamino
La ciudad de Pergamino, ubicada en el norte de la provincia de Buenos Aires, República Argentina, está emplazada en la región que la caracteriza como pampa ondulada. Su desarrollo comienza a consolidarse hacia fines del siglo XIX, desde las zonas altas del centro hasta ocupar sus alrededores avanzado el siglo XX. Así, se fueron poblando sectores bajos, franjas de escurrimiento de aguas de lluvia, como también la planicie de inundación del arroyo Pergamino que la atraviesa de oeste a este y que transporta las aguas provenientes de una extensa cuenca rural. El crecimiento desordenado del territorio da cuenta de una inadecuada e ineficiente planificación urbana, una desatención total a los aspectos geomorfológicos del suelo intervenido, como así también de las características naturales del entorno rural y de los eventos climatológicos propios de la región. De esta manera, se fueron construyendo las condiciones de vulnerabilidad que contribuyeron a más de un centenar de inundaciones, muchas de las cuales catalogadas como graves y muy graves por el grado de pérdidas humanas y materiales que provocaron.
Hasta la década de 1980, el desarrollo de la ciudad había tenido una participación mayor del Estado municipal y de otros actores como sindicatos y organizaciones de fomento, y había una incidencia de estos sectores en la conformación de algunos barrios y asentamientos populares. A partir de entonces, el acceso a la tierra estuvo orientado por una lógica rentista. Es decir que habitar un sector u otro estuvo (y está) supeditado a las posibilidades económicas de cada familia. Por lo que las tierras inundables tenían como destinatarios, hasta entonces, y en la mayoría de los casos, a sectores de medios y bajos recursos.
Pero es en la década de 1990 cuando tienen lugar dos hitos fundamentales que generarán una ruptura aún mayor en la relación entre el suelo urbano y el entorno rural, y que contribuirán a la conformación de mayores condiciones de vulnerabilidad ante eventos de origen natural. En primer lugar, la profundización de un modelo productivo agroindustrial que se afianzó con la aprobación de la soja transgénica en 1996. Esto trajo como consecuencia la expansión del monocultivo de soja sostenido por un paquete tecnológico basado en insumos químicos; la intervención de las cuencas rurales; la disminución de la capacidad absorbente del suelo rural; y la pérdida de los servicios ecológicos como la regulación del ciclo del agua que debe proveer el entorno natural de la ciudad. El otro suceso, es la proliferación de barrios privados (cerrados o semi cerrados) emplazados en zonas bajas, cuencas de arroyos o cañadas, cuya función natural se ve intervenida por los inversores de dichos emprendimientos urbanísticos, ya sea modificando el curso del agua o realizando rellenos y canalizaciones que aceleran el paso del caudal generado por las lluvias y el desvío de cuencas. Ya no se trata de tierras bajas ocupadas por familias de escasos recursos, se trata de la generación de una oportunidad de negocios a través de la renta de la tierra a altos costos. Esta nueva forma comercialización de la tierra, y de generación de un suelo urbano de autosegregación y de recreación de estructuras sociales propias, también se retroalimenta de los excedentes de capital provenientes de la actividad agroindustrial. En los últimos años, el Estado dejó en manos privadas el desarrollo de la ciudad, una situación de libre albedrío en la que el mercado se erige por encima de las endebles normas del planeamiento urbano.
Entonces: ¿las inundaciones en la ciudad de Pergamino son un desastre natural?
Desde la perspectiva de la gestión de riesgos de desastre, estos ya no se conciben como sucesos geofísicos aislados, singulares y extremos, sino que son manifestaciones de un proceso social continuo que impacta en las condiciones de la vida cotidiana de una sociedad. El desastre como proceso se capta en la creación de las condiciones de riesgo a través del tiempo, como el resultado de la interacción entre determinados eventos desencadenantes -lluvias intensas, por ejemplo- y las vulnerabilidades de la sociedad.
Podemos deducir entonces que, en la mayoría de los casos, son las condiciones de existencia de una población las que determinan en gran medida la interrupción de la cotidianeidad de una sociedad, su dislocación o su nivel de destrucción. El concepto de desastre es por lo tanto una categoría social, por eso es necesario considerar los factores que inciden y se conjugan para su ocurrencia, es decir, los procesos sociales, económicos, políticos y culturales que, como tales, tienen origen histórico y se expresan en la organización social y en las relaciones de poder.
Jorge Dauach